JUAN MARTÍNEZ, OBRA GRUESA

Detalles:
Subtítulo: El hombre, el arquitecto, el artista
Editorial: La Fuente Editores
Año: 2013
Autor: Consuelo Cheyre, Editora
Tema: Biografía, arquitectura, modernismo, historia
ISBN: 978-956-7867-11-0
Formato: 24,00 x 28,50 cm (ancho x alto)
Páginas: 228
Peso: 1.65 Kg
Idioma: Español
  • Precio: $123.00
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Reseña:

JUAN MARTÍNEZ GUTIÉRREZ (1901-1976)  l  Es uno de los arquitectos más importantes del Chile de la primera mitad del siglo XX y su presencia se percibe con fuerza en el Santiago actual por la monumentalidad de sus obras públicas más destacadas: las escuelas de Derecho y Medicina de la Universidad de Chile, el Templo Votivo de Maipú y la Escuela Militar.

Pero ésa es sólo una parte de Juan Martínez. Poco se sabe del hombre grande, burlón y fascinante; del profesor valiente y vital; del artista-pintor que observaba el mundo con una mirada tan aguda como ávida, pendiente de las formas, los colores y los espacios, la profundidad, la perspectiva, la fuerza y la sutileza.

Este libro lo descubre como un personaje vigente, actual y muy humano. Lleno de pasión por sus pasiones; alejado de cualquier necesidad material de artificio; pleno de cariño por lo que amaba (su familia, sus proyectos, sus amigos) y de desprecio por lo que le parecía innecesario o falso. También revela a un hombre atractivo como artista de cine y a un ser humano que vivió a mil sus virtudes, debilidades y defectos, como si hubiera sabido que no cumpliría su sueño “vivir hasta los 100 años y más”.  l  EDITORIAL 

Juan Martínez Gutiérrez, muy justamente, recibió el primer Premio Nacional de Arquitectura apenas se creo esta distinción. Era un pendiente dedicarle una publicación completa, tanto como artista como arquitecto, en tanto sus obras, en uno y otro campo –aunque diferentes- se nutren del mismo fondo común: fuerza y sensibilidad. A diferencia de tantos después, copiadores de fachadas de revistas, el dibujante que es Martínez llena páginas de croquis, en un proceso interior: la arquitectura le viene de adentro. Lo mismo decía a los alumnos, la fachada debe seguir, como resultado del proyecto, derivada del interior. Es una senda espiritual.

Desde su Pabellón de Chile en adelante, reconocemos la trayectoria de alguien que se pregunta a sí mismo qué hacer, por dónde avanzar, por dónde seguir, en una búsqueda que es interior y se proyecta hacia lo comunitario y lo nacional, hecho que lo lleva a participar en tanto concurso público; ahí ve la mejor oportunidad de idear, pensar, crear en función de Chile y su tiempo. Alentaba a sus alumnos, asimismo, en esa dirección.

La Escuela de Derecho es una suerte de punto 0 de nuestra ciudad, tan cercana a esa plaza donde la ciudadanía confluye para expresarse. La creación de Juan Martínez “oye” esa plaza, como también el río, el cerro, el Parque Forestal; dialoga con todos. Habría sido notable que el proyecto original del obelisco a Balmaceda, de Samuel Román, se hubiera construido con su espectacular altura recortada contra la cordillera de los Andes, en un gesto de época también altamente expresionista.

Son testimonios de un Chile inquieto que, en décadas marcadas por la democratización de la sociedad chilena, bajo la guía de excelentes profesionales, logró avances notorios en coberturas de educación y salud. Tal como en la época de Vicuña Mackenna, Chile volvió a perfilarse dentro de la región como un país que había encontrado un camino, modernizador, hacia el desarrollo; en los cafés y restoranes convivirían venezolanos, españoles refugiados, colombianos, chilenos y en ellos se habló y se soñó una nueva América Latina. Los profesionales, generosos y rigurosos, como el arquetipo que es Juan Martínez Gutiérrez –vital protagonista de ese ambiente-, indicarían el camino.

Si a veces creemos que nuestra trayectoria es culpa nuestra, no de sus protagonistas. Nosotros somos los que no hemos sabido leer esas décadas intermedias –para algunos las mejores de Chile en el siglo XX-, cuando luego de perder el rumbo en un afrancesamiento ya estéril, Chile se recuperó inspirándose en caminos abiertos en Austria, Alemania y los Países bajos, para lograr un ingreso adecuado al mundo moderno.

Este libro –dedicado a un protagonista central- tiene esa fuerza, esa capacidad, de tender un puente para unir dos épocas de Chile; sin el puente, no hay continuidad posible.  Extracto de Prólogo  l  MIGUEL LABORDE  l  Cronista Urbano